viernes, mayo 19, 2006

Capitulo 12: “La sombra y la luz”

Las dos caras del sujeto

¿Es el sujeto solo voluntad de desasimiento, representa únicamente distancia respecto de roles impuestos y libertad de decidir y emprender?
La defensa del sujeto no se reduce a la afirmación activa de su libertad, se apoya también en aquello que resiste al poder de los aparatos de producción y administración. El sujeto es tanto un alma como un cuerpo, tanto un proyecto como una memoria de los orígenes.
Cuando el espíritu moderno se empeña sobre todo en quebrantar el orden tradicional la razón y la voluntad de libertad individual parecen asociadas, pero cuanto mas se reemplaza el orden heredado por la organización de la producción y por los aparatos de gestión tanto más se deshace esa asociación, en tanto que se fortalece la asociación de las dos caras del sujeto, la cara defensiva y la cara liberadora, la referencia a la comunidad y la aspiración a la libertad personal.
Si el sujeto es solo proyecto, individual o colectivo, se confunde con sus obras y desaparece en ellas; si es solo memoria, se convierte en comunidad y debe someterse a los depositarios de la razón.
Es preciso que la memoria colectiva este viva, que se transforme constantemente para desempeñar su función de integración, en lugar de imponer a los recién llegado una lección de historia intangible y convertida en mitología nacionalista.
Si la conciencia nacional asume tanta importancia en todo el mundo es debido a que no hay sujeto personal fuera de un sujeto colectivo, es decir, independientemente de la unión de una libre voluntad colectiva y una memoria histórica, y en las naciones que asociaron mas estos dos elementos donde se da con mayor vigor la afirmación del sujeto personal, incluso contra las presiones de la identidad nacional y todas las filiaciones sociales.
Es necesario que la nación exista para que la sociedad civil pueda liberarse del Estado y los individuos estén en condiciones de conquistar su libertad personal en el seno de esa sociedad.
La modernidad se realiza en la integración de ambas.

El retorno de la memoria
Cuanto mayor es la influencia que las sociedades modernas ejercen sobre su existencia, tanto mas se altera la relación entre dominadores y dominados.
El campo de las intervenciones organizadas de la sociedad en la vida de los individuos se amplia sin cesar, de suerte que aun lo más privado se encuentra a su vez incorporado en la vida pública.
La modernidad se caracteriza, como lo ha dicho Weber, por una diferenciación creciente de las diversas funciones sociales, pero así se produce también un aumento de la influencia de los centros de decisión en la vida de los individuos y de los grupos. Cada vez estamos más inmersos en la modernidad y por consiguiente cada vez más sometidos a las iniciativas y al poder de quienes dirigen una modernización que transforma todos los aspectos de la organización social.
La modernidad que vivimos hoy es bien diferente: entramos en ella en cuerpo y alma, con la razón y la memoria unidas, hasta el punto de que el campo público de las sociedades modernas parece haber incorporado preocupaciones que desbordan a tal punto las realidades sociales y políticas que a veces estas se manifiestan menos decisivas que antes. La más importante de estas preocupaciones, tienen que ver por un lado, con la sexualidad y, por el otro, con el ambiente.
Con frecuencia los ecologistas parecen incluso hostiles a la modernidad, como si los países más modernos, después de haber cumplido con éxito el “despegue” debieran por lo menos reemplazar la creciente destrucción del ambiente por la estabilidad y el equilibrio, mientras que los países que llegaron tarde a la modernidad tendrían que evitar imitar un modo de modernización tan depredador como el que siguieron los países que hoy son los mas ricos y poderosos.
Cuanto mas afirman los hombres su capacidad creadora, mejor reconocen sus condiciones y sus límites y reconocen la cultura mas como interpretación y transformación de la naturaleza que como dominación o destrucción de esta.
La definición de la modernidad como triunfo de lo universal sobre lo particular debería pertenecer al pasado.
No deben triunfar ni las pretensiones al monopolio de la universalidad, ni las reivindicaciones de una especificidad absoluta, de una insuperable diferencia respecto de todos los demás. La racionalización se encuentra vinculada con el surgimiento de un sujeto que esta hecho a la vez de libertad reivindicativa e historia personal y colectiva.

Las trampas de la identidad
Aquellos que se sienten amenazados, que han fracasado en su esfuerzo de ascensión individual o colectiva, que se sienten invadidos por una cultura o por intereses económicos procedentes de afuera, se inmovilizan y petrifican en la defensa de una identidad transmitida de la que son sus depositarios antes que sus creadores.
La reivindicación de la identidad procede más de los dirigentes políticos y de los ideólogos de los países dominados que de las masas de su población.
Una sociedad solamente racionalizada destruye al sujeto, degrada su libertad que se convierte en la elecciones ofrecidas a los consumidores en el mercado; una sociedad comunitaria se ahoga a si misma, se transforma en despotismo teocrático o nacionalista; una sociedad enteramente entregada a la subjetivación no puede tener cohesión, ni económica ni moral.
Pues si apelar a la razón permite resistir el peligro de un comunitarismo y un ambientalismo extremos, permite aun mas la unión del sujeto-libertad y del sujeto-comunidad, que es asimismo un sujeto conciente de pertenecer a un medio natural.
En la racionalización hay que ver, en efecto, la aliada indispensable del espíritu de libertad contra las coacciones de la comunidad. La razón y la libertad no son enteramente interdependientes, pues el sujeto no se reduce al trabajo critico e instrumental de la razón, pero es cierto que la razón crítica protege la libertad personal contra el hielo comunitarismo.

Religión y modernidad
En una primera reflexión sobre el tema la religión constituye el pasado, en cambio la modernidad representaría a la razón sobre la irracionalidad, esta errónea visión fue acentuada con el enfrentamiento de clericales y laicos, representada por una Francia tradicional, sin embargo lo que se pretende en el texto es romper con esta definición de modernidad (religión versus lo racional) puesto que la religión una vez entrada la modernidad, no desaparece. En este sentido existe un modernismo moralizador que relaciona razón y religión y que forma al sujeto como un ente individual, éste se enfrenta con una comunidad amenazada por una modernidad que se proyecta para ellos como invasora el cual conduce a la formación de una religión privada la cual se opone a la vida moderna, pero que a su vez ésta saca su función evangelizadora de las iglesias como institución, lo que a su vez se traduce en una conducta moderna lo cual señala que no es una sociedad más moderna aquella indiferente a la religión, sino que aquella que prolonga la ruptura de lo sagrado (religión) mediante el desarrollo holístico de la afirmación del yo (sujeto personal) y de la resistencia a la destrucción de las identidades individuales y colectivas.

El peligro totalitario
Existe una doble visión sobre lo que se denomina modernidad, para los países más centrales (Estados Unidos, Francia, entre otros) la modernidad se identifica con el progreso de la razón con una voluntad modernizante, es decir con la misión de universalizar esta idea de la racionalidad, sin embargo en otras latitudes (periferia) este funcionamiento de la modernidad presenta otras aristas ya que aquí la misión central modernizadora recae en fuerzas no racionales tales como “la independencia nacional, la defensa o la resurrección de la lengua nacional”, transformándose en un movimiento nacional y cultural que puede llegar a convertirse en un instrumento de movilización política, he aquí su peligrosidad, ya que no permite ejecutar las condiciones de la modernización endógena. Si la movilización se vuelve más fuerte recaerá en un totalitarismo, para el autor un ejemplo claro es el siglo XX, ya que fue aquí donde se puso en marcha, a nivel mundial procesos de modernización y quebrantamiento de las sociedades tradicionales y también del totalitarismo. Este último no da cabida a la libertad personal, tradiciones culturales ni a las tradiciones religiosas salvo que éstas se identifiquen con el Estado, ya que el totalitarismo sustituye la acción autónoma de los actores sociales y de la cultura, reduce a toda la sociedad a una multitud dócil sujeta a las ordenes de un jefe, es decir, el totalitarismo vendría a devorar a la sociedad civil. Es por esta razón que la modernización voluntarista conduce al autoritarismo, para Touraine, “el totalitarismo es la enfermedad más grave de nuestro siglo.” Por esta razón urge la necesidad de un nuevo análisis a la modernidad, uno que circunscriba la “separación del pensamiento y lo vivido, de los instrumentos y valores”.

El moralismo
El hecho del totalitarismo puede generar la caída en la trampa moralista la cual consiste en defender al sujeto a través de la completa disociación, de esta manera la sociedad tiende a una defensa abstracta de los derechos del hombre lo que reemplaza las luchas reales, renunciando a todo espíritu de crítica respecto de su entorno, limitándose a afirmar las bajezas del mundo y que éstas son producto de la maldad o la codicia. Para el autor, el moralismo es peligroso pues éste deleita la conciencia de quien lo enuncia y esto no puede ser, ya que este sujeto se posiciona fuera de la sociedad y por tanto fuera de la historia, mientras que lo que debe ser fortalecido es la sociedad en detrimento del Estado, la cual se basa en la voluntad de la libertad personal, la cual se traduce en conquistas de la sociedad toda, pues se debe recordar que el sujeto se encuentra inmerso en la sociedad y por tanto no es un ente ajeno a ella. Lo que define a la modernidad es su carácter complementario entre “libertad, comunidad y racionalización” pues el hombre es un conjunto de todas estas cosas, es un todo integral, que no es susceptible de dividir o separar.

Libertad y liberación
El sujeto se afirma contra la dominación de los aparatos políticos y sociales, su libertad está vinculada con el hecho de pertenecer a una cultura. Como todos los movimientos sociales propiciados por categorías dominadas, su defensa toma a la vez la forma de reivindicaciones positivas (defensa de derechos) y la forma más defensiva de apego a la cultura amenazada por la penetración de un poder económico, político o cultural procedente de afuera.
Se las encuentra tanto en el seno de una sociedad nacional como en el nivel internacional.
Estos rasgos de ruptura y degradación no impiden que la afirmación del sujeto esté estrechamente vinculada con la defensa de una cultura y la afirmación de una libertad personal.
La modernización exige rupturas, pero también continuidad.
Esta interdependencia del sujeto personal y la defensa comunitaria caracteriza un pensamiento que se opone directamente al pensamiento que dominó la vida intelectual.
Los intelectuales intentaron constantemente reemplazar la religión por otra versión de lo absoluto: la belleza, la razón, la historia, el ello o la energía.
Según ese pensamiento, si lo social es peligroso, lo cultural en el sentido etnológico es aborrecible, pues lo cultural es particular y está encerrado en sí mismo, cuando la liberación del hombre exige que éste se eleve por encima de las sociedades y las culturas particulares para entrar en el dominio de lo universal, de lo absoluto.
Hay que concebir la modernidad como la combinación de la racionalización y la subjetivación; por eso el sujeto se define al mismo tiempo por su voluntad de organizar su vida y su acción y por su defensa de una identidad cultural amenazada por los aparatos dominantes o colonizadores. El sujeto no es algo absoluto, su contenido no es el mismo que el de la razón. Pero no por eso se reduce a particularismos sociales, culturales o individuales. Tampoco es un ego individual o colectivo. El sujeto sólo se constituye, el yo sólo se afirma por la combinación entre la afirmación del sí mismo y la lucha defensiva contra los aparatos de producción y gestión.
En este acápite, se puede notar una distinción entre ambos conceptos que lo titulan; por una parte se trata de la libertad, ligada más bien al plano individual del sujeto, la libertad personal o autonomía para decidir sobre sus propios actos; por otra, el concepto liberación hace alusión a una autonomía más comunitaria o social, ligando así un grupo de sujetos, en donde buscan cierta independencia política, económica y/o cultural como sociedad.
Es en este punto en donde se inicia el debate: por un lado sobre los límites reales de cada concepto; y por otro, el grado de libertad y/o dependencia que alcanza la sociedad en un punto o tiempo dado.

Modernidad y modernización
La modernidad se ha definido durante mucho tiempo por lo que destruía, como cuestionamiento constante de las ideas y las formas de organización social, como el trabajo de vanguardia en las artes. Pero mientras más se amplió el movimiento de modernización, más acudió la modernidad a culturas y sociedades incapaces de adaptarse a ella, sociedades que la toleraban más de lo que la utilizaban. Lo que se había experimentado como liberación se convirtió en alienación y regresión, hasta que en muchas partes del mundo triunfó, primero el nacionalismo más exclusivo, luego se impuso la posición de sociedades encerradas en su discurso y en su aparato de control político y, finalmente, nacieron regímenes identificados con una nación, una cultura o una religión. El Occidente creyó que la modernización era solamente la modernidad en acto, que era enteramente endógena, producto de la razón científica y técnica. El siglo XX estuvo dominado por una sucesión de modernizaciones cada vez más exógenas, impuestas por un poder nacional o extranjero, modernizaciones cada vez más voluntaristas y menos racionalistas.
Occidente defiende la razón como crítica y el capitalismo como economía de mercado, como protección contra la invasión de la acción económica por la ideología, por la lucha de clases y el clientelismo. Ese es el sentido del nuevo liberalismo, que en pocos años se difundió por las ciencias sociales y la política y que representa una visión racionalista del hombre y la sociedad, en la que el interés desempeña la parte central.
El patriotismo republicano puede adquirir una gran importancia cuando va acompañado por una movilización política real.
Este nuevo liberalismo no puede aceptarse porque es incapaz de explicar dos órdenes de hechos. En primer lugar, no da cuenta de la creciente amplitud de sectores que no pertenecen a la sociedad abierta: pobres aislados, marginados, minorías sociales o culturales, comunidades étnicas. En segundo lugar, a esta exterioridad de los grupos minoritarios corresponde la exterioridad categorías que son mayoritarias en un planeta donde la desigualdad de oportunidades aumenta a medida que la modernización depende cada vez más de condiciones culturales y políticas así como de condiciones técnicas y económicas.
No deben destruir tradiciones culturales que están más vivas de lo que muchos creen, sobre todo en un mundo en movimiento donde el pasado se mezcla con el presente, la diferencia con la continuidad, las comunidades con la sociedad.
La imagen que se impone no es la del fin de la historia ni la del triunfo del modelo occidental, sino por el contrario, la imagen de un mundo cada vez más desgarrado, en el que las fuerzas que se movilizan a favor de la modernización y la independencia se alejan crecientemente del racionalismo instrumental que triunfa en los países capitalistas.
Como si el mundo de la luz y el de las sombras se hubieran disociado: el primero quema los ojos, deslumbrados por las luces de la ciudad; el segundo enceguece a quienes estuvieron privados de luz durante mucho tiempo. Y estos dos mundos parecen tan extraños el uno al otro, parecen separados por distancias que superan tanto a las que oponían antes a las clases sociales de los primeros países industriales, que los conflictos parecen imposibles y son reemplazados por una guerra entre dos campos que ya no se reconocen objetivos culturales comunes, que son menos adversarios que extraños y competidores. Los pueblos que se sienten invadidos apelan a la guerra santa, los que se identifican con la modernidad quieren imponer a todo el mundo sus valores, que consideran universales, y no se asombran siquiera cuando ven que tales valores coinciden con sus propios intereses.
Es necesario que las sociedades modernas revisen la imagen que tienen de sí mismas, que se hagan capaces de integrar una gran parte de lo que ha excluido, ignorado o despreciado. Esto impone una nueva definición del sujeto concebido como fuerza de resistencia a los aparatos de poder, apoyada en tradiciones y definida al mismo tiempo por una afirmación de libertad. A este movimiento de pensamiento crítico deberá corresponder la reflexión de aquellos que, en las regiones o en los sectores más alejados de la modernidad, procuran impedir que la movilización de sus recursos culturales, movilización necesaria para su modernización, se vuelva contra la modernidad en nombre de la obsesión de su identidad desaparecida o amenazada.
No habrá verdadera integración de los inmigrantes en los países centrales si estos sólo aceptan como solución que los inmigrantes se asimilen renunciando a toda capacidad de modificar el nuevo medio en el que entran.
Nadie puede negar que esta integración y esta transformación constituyen un conjunto de cambios culturales, preñados de posibles rupturas; pero esta complementariedad del sujeto libertad y el sujeto comunidad en el interior de una cultura racionalizada es la única solución que responde a una situación en la cual sería presuntuoso, por parte de los países ricos, creer que siempre podrán contener a los “bárbaros” que amenazan invadir el imperio mediante un nuevo limes.
La principal brecha política, en el conjunto del mundo, no es la que opone una clase social a otra, los asalariados a los propietarios, sino es la fisura que separa la defensa de la identidad y el deseo de comunicación. Tanto en los países ricos como en las regiones pobres, se observa con fuerza creciente la obsesión de la diferencia y la especificidad.
La opinión se desplaza fácilmente entre posiciones extremas. Por una lado, la posición liberal de una sociedad abierta se transforma con facilidad en imperialismo cultural, mientras que, por el otro, la invocación a la identidad provoca el nacimiento de peligrosas mayorías morales y frentes nacionales más peligrosos aún y también suscita un nuevo izquierdismo diferencial que ya no reconoce ninguna verdad general y reclama una historia de los indios, de las mujeres o de los homosexuales, una historia diferente de aquellas que ese izquierdismo denuncia como propia de los hombres blancos.
La sociedad que hace tabla rasa del pasado y las creencias no debe llamarse moderna; moderna es aquella sociedad que transforma lo antiguo en moderno sin destruirlo, aquella que incluso sabe hacer que la religión sea cada vez menos un vínculo comunitario y cada vez más una llamada a la conciencia, aquella que hace estallar los poderes sociales y enriquece el movimiento de subjetivación.
Si el derrumbe de los regímenes totalitarios sólo provocara que el orgullo de las sociedades triunfantes sea ciego a los límites y los peligros de esta victoria, el alivio que acompañó ese triunfo duraría tan poco como el que siguió a la liberación francesa y la caída del nazismo. Es preciso, en cambio, que la necesaria eliminación de los regímenes totalitarios esté acompañada por una redefinición de la modernidad por las sociedades democráticas. Así como no hay democracia sin disminución de las distancias y las barreras sociales, sin ampliación del mundo de la decisión, tampoco pueda haberla sin una aproximación de la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción, sin superación de las fronteras trazadas entre la razón instrumental, la libertad personal y las herencias culturales, sin reconciliación del pasado y el futuro. Tampoco puede haber democracia sin cuestionamiento de la dominación que se ejerce sobre las mujeres, los jóvenes o los viejos, los pobres y las naciones amenazadas por la descomposición y la proletarización, pero no hay que olvidar que los adversarios presentes tienen orientaciones comunes así como intereses en conflicto.

De otra manera
El mundo de hoy está plagado de conflictos más radicales que los de la época industrial. Entonces se trataba de enfrentamientos entre clases sociales que se oponían, pero que lo hacían en nombre de valores comunes.
Actualmente, el conflicto opone a actores no sólo sociales sino también culturas, opone el mundo de la acción instrumental al de la cultura y el Levenswelt. Entre ellos ya no hay mediación posible, no hay comunidad de creencias ni de prácticas. Por eso los conflictos sociales son reemplazados por afirmaciones de diferencias absolutas y por el rechazo total del otro.
Cometen el mayor de los errores: nunca antes los conflictos fueron tan globales; lo son hasta el punto de que el mundo actual se encuentra plagado de cruzadas y luchas a muerte antes que de conflictos políticamente negociables.
El Occidente ya hace tiempo que está penetrado por el nacionalismo que a veces es el defensor de una cultura, de un camino de acceso a la modernidad, pero constituye cada vez con mayor frecuencia el rechazo de todos los demás y el desprecio de los valores universalistas.
El siglo que comienza estará dominado por la cuestión nacional, así como el siglo XIX lo estuvo por la cuestión social.
En todas partes del mundo es visible el desgarramiento entre un universalismo arrogante y particularismos agresivos. El principal problema político es y será limitar ese conflicto total, restablecer valores comunes entre intereses opuestos.
A muchos les parece una simple construcción mental semejante recomposición de la sociedad, que en todo caso no puede reducirse al invento de soluciones ideológicas que fácilmente pueden llevar al populismo o al fascismo. Pero estos reproches son más frágiles que la reflexión que critican, pues aquí no se trata de construcciones ideológicas ni de formas de Estado. La sociedad liberal disuelve al sujeto en sus necesidades y en sus urdimbres de relaciones, las sociedades neocomunitarias lo aprisionan en un bloque de creencias y a la vez de poderes. De suerte que por ambos lados es difícil percibir, detrás de las formas visibles y organizadas de la vida social, la referencia al sujeto.
En la sociedad liberal, el sujeto se manifiesta aquí o allá, en el torbellino del consumo, especialmente en la cultura musical de la juventud, es decir, muy lejos de los centros de producción y de poder donde el sujeto está sacrificado a la lógica del sistema. El sujeto se perfila más claramente en la sociedad occidental cuando el deseo de vivir se aproxima a la protesta contra el orden establecido. En las sociedades comunitarias, de manera análoga, el sujeto se manifiesta primero en el repudio del orden político en nombre de una comunidad, pero no puede tomar la figura de sujeto si ese gran repudio no va unido a la afirmación de la libertad personal apoyada en la razón. No es fácil cotejar estos dos modos de disidencia, pero la liberación sería imposible si la crítica liberal y la crítica nacionalista o religiosa no se aliaran en una lucha común.
El pensamiento del sujeto está siempre en oposición a la creencia en un modelo de sociedad. Hoy ya no podemos tener fe en un régimen social o político.
Se trata, por el contrario, de hacer que en todas partes del mundo surja la demanda de subjetivación.
Este objetivo muestra la distancia a que se ha llegado respecto del historicismo. La idea de construir la sociedad del futuro, a la vez más justa y más avanzada, más moderna y más libre que la actual, ha desaparecido arrastrada por las sucesivas oleadas del totalitarismo. La tentación hoy no es la de soñar con un mañana capaz de cantar, sino con vivir de otra manera, encerrándose en una contrasociedad o en una cultura “alternativa”. Actualmente el espíritu de secta tiene mayor fuerza que la movilización política.
Asimismo, las culturas alternativas, como los regímenes neocomunitarios, ejercen un control cultural más vigoroso que las industrias culturales de la sociedad liberal: la propaganda va más lejos en la creación de necesidades que la publicidad. En todo caso hay que desconfiar de todos los modelos de perfección.
Mailin Cortez Valenzuela
Andrés Osorio Gómez
Mª Eugenia Villarroel Opazo


1 Comments:

Blogger Anĉjo said...

Profesor: tal como Ud. lo pide en las instrucciones del presente trabajo, el día Lunes 15 de mayo del corriente se le envió a su mail (alejandrotapia@vivalosandes.cl) el trabajo que se le entregaría al día siguiente en clases en formato digital.
Temo informarle que dicho mail fue rebotado desde su casilla ya que, al parecer, se encontraría copada o sin el suficiente espacio para el archivo que adjuntábamos.
Dicha situación recién la pude comprobar hoy al revisar mi correo electrónico.

2:23 p. m.  

Publicar un comentario

<< Home